Semáforos: la oficina de muchos

Cuando la gente se detiene ante un semáforo sea que vaya en bus o en carro, puede ver varias escenas: familias de desplazados con un cartel, vendedores tocando a nuestra ventana, un señor sin piernas que se arrastra para pedir ayuda y ante la duda creada por algunos farsantes, la indiferencia es el mejor arma para no verlos o verlos pero no inmutarnos por lo que talvez estén viviendo.

Para el 2006 la cifra de personas desempleadas fue de 2.352.000 según el DANE. Estas estadísticas tienen carne y hueso en las calles de la ciudad donde en semáforos, andenes, parques y calles, miles de personas luchan por el sustento diario.

Moisés:

Sitio de trabajo: Semáforo de la 116 con 15 y C.C Bulevar Niza

Moisés Arias, nació en Ramiriqui, Boyacá. Y desde que vino al mundo le quedaron debiendo sus dos piernas. Recuerda que cuando entro a la escuela fue muy duro “Uno ve que los niños corren, brincan, juegan y uno al no poder, se siente mal” Moisés se pone triste y mira para otro lado.

El recuerda que de niño le decían conejo. Por su forma de andar, pues con sus brazos levanta su cuerpo impulsándolo hacia adelante, como dando saltos como un conejo, tal vez por eso los niños le tenían este apodo para desagrado de Moisés que no le gustaba que le dijeran así.

Hace 17 años su padre murió y su familia se vino para Bogotá a buscar trabajo, entonces Moisés ante el rechazo de su familia, le tocó buscarse la forma de sobrevivir solo. Vaya circunstancia en la que se encontraba, tenia 15 años de edad, no tenia piernas, no tenia el apoyo de su familia y se encontraba en una gran ciudad, perdido, desvalido. Intento buscar trabajo pero no lo consiguió, Entonces ante la necesidad un día se hizo en un semáforo y algunas personas al verlo así le dieron algunas monedas.

Un Caso común de indiferencia Wilson, va en su carro modelo 99 camino a su trabajo, se detiene ante un semáforo, no quita la mirada a la caja negra de tres colores, mientras tanto a su izquierda pasan vendedores uno de dulces, otro de periódicos, pero el sigue con la mirada perdida, el vidrio arriba y el brazo izquierdo sobre la manija de su carro, se afloja un poco la corbata y mira el reloj. En este instante pasan cinco vendedores y un señor en silla de ruedas que golpea a su ventana para pedirle limosna, pero el vidrio arriba separa la realidad de Wilson y la de su entorno, siguiendo de largo ante el cambio del semáforo a verde.

Cada día Wilson pasa por esta misma calle, la calle 127 con avenida suba, donde vendedores ambulantes, limpiavidrios e incapacitados se reúnen cada mañana. Don Alfredo, el de la silla de ruedas, tiene 55 años y pide limosna los días en el que su cuerpo amanece con menos dolor del acostumbrado, pues hace nueve años sufrió un accidente en el carro de su hermano que lo dejó con la columna inerte y donde una sonda hace de orinal. Ocho años y medio postrado en una cama sin poderse mover, su situación familiar desmejoró tanto económica como moralmente, a su esposa desde entonces le toco hacerse cargo de su marido y de sus tres hijos. Ahora vende limpiones en la otra esquina y desde hace seis meses trae a don Alfredo para que le ayude con los gastos de su casa y de sus hijos con lo poco que las personas de buen corazón, cada mañana le dejan en su mano estirada.

Las cifras de discapacitados en Bogotá

Según el DANE, para el año 2007 fue para un total de 173.580, dentro de la cuales el 54% corresponde a personas de los 45 a 79 años. Las localidades con más personas discapacitadas son Kennedy con 26.277, Bosa con 17.616 y en tercer lugar la localidad de Puente Aranda con 16.282 personas con limitaciones.

Estas cifras lo que quieren decir es que las localidades con estratos socioeconómicos bajos son las que presentan mayor población con discapacidad y que más de la mitad de la población inválida son mayores.

"A uno a veces le toca trabajar en cosas que nunca pensó”

Si usted hoy tiene trabajo cualquiera que este sea y lo pierde y no consigue ya sea por la edad, por el desempleo o las circunstancias de la vida y todo esto lo llevan a encontrase “en una mala situación”, seguramente pensará en vender algo en la calle. Como a don Pablo Emilio Cruz, una persona amable que se vino de Armenia por amor a su esposa, antes se dedicaba a la construcción, pero como él mismo dice: “hoy en día a uno lo rechazan por lo viejo”, todavía es vigoroso y considera que podría trabajar en la construcción sin ningún problema, aún teniendo 65 años. Fue así como un día se vio desempleado, sus semanas de cotización no eran suficientes para una pensión, entonces un amigo le dijo que estaban necesitando gente para vender periódicos en los semáforos, “¡cómo es la vida…! a uno a veces le toca trabajar en cosas que nunca pensó”, dice don Pablo con un dejo de tristeza y melancolía, pero orgulloso de ser un luchador honesto que ha sacado adelante a sus dos hijos. Ahora su lucha es por su nieto de siete años, pues su hija la menor no quiso hacerse cargo del pequeño y no le quedo más remedio que cuidarlo junto a su esposa. Cuando don Pablo habla de su nieto; su cara cambia, sonríe, lo ama, es su razón de vivir, la inspiración para cada día levantarse a las 5:00 de la mañana y caminar 45 minutos hasta su sitio de trabajo, diagonal al centro comercial Bulevar Niza, allí llega a las 6:15 mas o menos todos los días, se coloca su chaleco verde, su sombrero para el sol y entre carro y carro ofrece la información del día con una cara que a pesar de los obstáculos de la vida, no le han arrebatado esa alegría de vivir.

Cada semáforo es un pequeño mercado que espera a la mirada indiferente de muchos que ni voltean a verlos para decir “no muchas gracias”. Trabajadores de la lucha que se libra cada día en este país por ganarse la vida a como de lugar.

En este trabajo se aceptan sin discriminación a todas las personas, ancianos, desempleados, discapacitados, mujeres cabeza de familia, desplazados, personas que no consiguen en otro lado trabajo y que por su situación otra salida no les queda.

La indiferencia sólo requiere del cinismo, la soberbia y la arrogancia para olvidarse que el mundo está roto o a punto de romperse. Así que no sea indiferente, un día puede ser usted el que por las cosas de la vida y del desempleo, el que haga parte de la gran bolsa de empleo informal que es la calle.